Asomarse a la trinchera

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24 Ene Asomarse a la trinchera

Corren malos tiempos para aquellos que dicen lo que piensan y piensan lo que dicen. Sin más intención que expresar su punto de vista. Un sector de la población en el que me incluyo y al que me gusta defender porque, siempre y cuando haya respeto y argumentos que defiendan una tesis con coherencia, cualquiera tiene derecho a decir lo que le salga del corazón.

Y si esta columna aparece publicada en fin de semana y no se reserva a la cita habitual de cada martes es porque el asunto se le ha ido de las manos a todas las partes. T-O-D-A-S, por si no ha quedado claro. Al presidente del Valencia, a los aficionados, al entorno, a la prensa -a la pro, a la anti y a la que está en medio, por no haber sabido hacer valer su independencia-, al Consell, a Bankia y a toda la sociedad valenciana. Hace unas horas, un indeseable llamó cobardemente a un buen amigo para, amparado en su anonimato, amenazar con partirle las piernas por ser un “antisalvista de mierda” (sic). Desde el pasado jueves hasta ahora, tengo documentados -con imágenes, que nunca engañan- media docena de casos de pintadas amenazadoras a sucursales bancarias en la provincia de Valencia. El viernes, servidor y varias docenas más de periodistas fueron insultados por un número significativo de aficionados en Mestalla por el mero hecho de estar allí, sentados en nuestro asiento y cubriendo la asamblea informativa del presidente. A algunos, incluso, les increparon a su salida del estadio. Y aún hay que dar gracias por que las cosas no se hayan salido de madre más todavía.

¿A nadie le da vergüencita todo esto?

Amadeo Salvo ha emprendido un camino sin retorno ante rivales que se caracterizan -además de por su falta de escrúpulos– por asegurarse de tener siempre la última palabra. Su bandera de la transparencia y claridad, loable por supuesto y que siempre defenderé, se astilla en cuanto se analiza el fondo de la asamblea del viernes. Mi primera reflexión es que el tono y las formas son las de un empresario que, efectivamente, se considera absolutamente libre e independiente respecto a los poderes fácticos, aunque olvida que dichos poderes fácticos fueron los que contribuyeron en primera instancia a designarle como figura de consenso para dar un giro más moderno a un club anquilosado tras la etapa llorentista de los últimos cuatro años. Respeto el discurso del presidente, aunque confieso que eché de menos detalles concretos sobre Peter Lim y su oferta. Respeto sus ideales y que crea que Bankia y el Consell le están haciendo la cama. Pero no puedo entender que eche mano de la masa para presentar batalla, salvo que se trate de quemar sus últimas naves en una lucha en la que se ve perdedor.

Involucrar a los seguidores en guerras intestinas que se libran en las altas esferas de la sociedad política y económica implica, a efectos prácticos, un acto de fe respecto al ‘trellat’ y al sentido común a título personal del aficionado. El individuo mesurado, responsable y formado será capaz de entender el subtexto, circunstancias de todas las partes y formarse una opinión rica en matices. El individuo unineuronal insultará, vejará y atacará a aquel que no sea ‘de los suyos’. Buceando entre algunas de las lindezas que se han escrito en las últimas 48 horas, encontramos sentencias tan bien argumentadas como “a la prensa os paga Bankia” (sic), “menuda campañita lleváis contra el presidente” (sic), “ojalá os quedéis en el paro” -esta es especialmente sangrante, teniendo en cuenta a los seis millones de personas que están en la calle- o, mi favorita, “hijo de puta, como te vea por la calle te parto la cara” (sic). Como pueden ustedes observar, un alarde de moderación y buen gusto todas ellas.

Por fortuna, son una minoría. El seguidor valencianista medio, acostumbrado al expolio y al maltrato histórico a su club, se ha buscado la vida para tener un espíritu crítico a prueba de bombas. Porque, entre otras cosas, tienen a su disposición una oferta increíblemente rica de medios escritos, radiofónicos, digitales y televisivos -aunque la baja de RTVV ha hecho un daño monumental- para escoger. Medios que, en ocasiones, se equivocan. Servidor lo hace todos los días, porque fallar es humano y porque fallar sólo te acerca más a no hacerlo la próxima vez. Pero es importante no confundir equivocación con manipulación. La honradez es la tónica predominante en el gremio con un amplio margen. Igual que no generalizo con los aficionados exaltados, tampoco sería bueno generalizar con la prensa.

Otra de las ‘perlas’ que he leído en las últimas horas -porque leer a otros compañeros y a aficionados, incluso a gente que se caga en tus muertos, es sanísimo para enriquecer tu punto de vista- es una de las reflexiones futbolísticas más alucinantes de los últimos años: “Bankia tiene la culpa de la marcha deportiva del Valencia”.

En serio. Léanlo de nuevo.

El argumentario es que, como el banco no cede en su postura y Peter Lim no ha desembarcado en Valencia, no han llegado los hipotéticos cincuenta millones de euros que, hipotéticamente, hubiesen servido para reforzar al equipo con hipotéticos fichajes de relumbrón para arreglar el irregular rumbo de la escuadra blanquinegra. Una concatenación de castillos en el aire tan bizarra como tangible para ciertos aficionados del equipo. Aquí es donde la línea del respeto que siempre hay que tener con cualquier opinión choca con la puñetera realidad. ¿Pero cómo narices va a tener un banco la culpa de lo mal que juega el Valencia? ¿No habría que mirar hacia Braulio? ¿Djukic? ¿Rufete? ¿Salvo? ¿Pizzi? ¿Una plantilla que rinde por debajo de sus posibilidades? Se me ocurren decenas de nombres o razonamientos para explicar por qué el equipo está haciendo una castaña de temporada, pero ninguna guarda relación con el banco. Igual el raro soy yo.

Estaría bien que alguno de los generales que han movido sus tropas hacia las trincheras recuerden que el campo de batalla, al final del día, se ubica sobre un terreno de 105×70 metros, aunque la profundidad de las zanjas excavadas apenas dejen ver claros de césped verde entre los agujeros. El calendario es así de quisquilloso: tras visitar al ‘dentista’ en el Camp Nou la semana que viene, un Betis que ocupa el ‘farolillo rojo’ llega a Mestalla sin nada que perder, a la desesperada y con los precedentes que este año han conferido poco menos que superpoderes a todos los colistas que han visitado la capital del Turia. El ‘efecto Pizzi’ lleva un triunfo, dos empates y tres derrotas. El Valencia está a seis puntos del descenso. Hablar de Europa o de Liga de Campeones, sinceramente, me parece una broma pesada. Mejor sería pensar en ganar un partido. Y luego otro. Y luego otro. Y respirar un poco antes de repleantear los objetivos para este año.

A mi no me paga Bankia. A mi no me paga el Valencia. A mi me paga el periódico por intentar parir cada jornada la mejor sección de Deportes que nuestro equipo de profesionales sea capaz de hacer. El día que deje de decir o hacer lo que pienso, plegaré trastos y me iré a mi casa. Hasta entonces, rogaría un poco de respeto hacia todas las partes implicadas en una de las épocas más oscuras de la historia de un club casi centenario. Luego llegarán los líos. Y los lamentos. Y todo el mundo se preguntará qué pasó. Cómo pudimos llegar a esto. Nadie hará autocrítica ni se considerará culpable de nada. Esto es Valencia.

Somos así.

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