“High Frame Rate”: Una adaptación inesperada

20 Dic “High Frame Rate”: Una adaptación inesperada

Jackson y el cine de 48fps | Foto: EW.com

Jackson y el cine de 48fps | Foto: EW.com

 

Seguramente todo Dios y su perro hayan visto ya “El Hobbit: Un Viaje Inesperado” (Peter Jackson, 2012), o tengan previsto verla a lo largo de estas Navidades. Entre las numerosas opciones disponibles para el visionado, al margen de las consabidas 2D, 2D Digital y 3D, destaca la aparición de un vocablo que será tan famoso como las audiencias del mundo entero lo quieran. Hablamos, por supuesto, del HFR(“High Frame Rate”, Alta Frecuencia de Imagen/Cuadro). ¿De qué va este tema?

Vamos rápido con un par de conceptos básicos para el cinéfilo inexperto. El cine, tal y como lo conocemos, es una sucesión de imágenes fijas (“frames” o fotogramas o cuadros) que desfilan ante la pantalla a un ritmo de 24 fps (cuadros/fotogramas por segundo), creando la ilusión del movimiento. Nuestros ojos “rellenan” esos huecos invisibles y realizan automáticamente las transiciones de un fotograma al siguiente. Gran parte de este acto reflejo está íntimamente relacionado con nuestra tradición visual, aquellas costumbres que todos adquirimos desde la niñez a la hora de “ver” y, por descontado, de disfrutar el arte cinematográfico. No hemos conocido -al margen de los experimentos con el 3D y otros formatos de carácter marginal- ninguna otra manera de disfrutar las películas en pantalla grande.
Hasta ahora.
En esas estábamos cuando llegó Peter Jackson para buscar la mejor manera de plasmar en pantalla su nueva epopeya en la Tierra Media. Dos conceptos, HFR y 3D, unidos para buscar la máxima viveza, plasticidad y derroche visual en cada escena. Hablamos de doblar la cantidad de información recibida por el espectador: de 24 fotogramas por segundo a 48 fps. Curiosamente, cercano a los 50 o 60 fps que caracterizan a las imágenes de televisión. Para más detalles teóricos sobre cómo funcionan los 48 fps del HFR, os recomiendo investigar en los siguientes enlaces (I y II).
Pero vamos a lo importante: ¿cómo se ve la película?
Voy a intentar explicar muy someramente el HFR y su efecto sobre el espectador. Para empezar, os auguro un trago complicado a aquella gente con problemas visuales: la primera hora de metraje de “El Hobbit” es dura de digerir si, por arte de magia, tu cerebro no posee ese botoncito capaz de adaptar tu visionado al instante a unas condiciones tan novedosas. Sí, es cierto que las imágenes (especialmente los interiores y decorados) te recordarán ligeramente a ese deje típico de las teleseries de sobremesa en Antena 3. Sí, ese estilo cinematográfico que tienes ahora mismo en la cabeza. “No sin mi hija” y tal, rollo Sally Field.
Las cámaras RED, lo último en alta definición | Foto: El Hobbir

Las cámaras RED, lo último en alta definición | Foto: El Hobbir

 

La extrañeza aumenta con súbitos cambios de velocidad cada vez que la acción cambia de interior a exterior, de plató a escenario natural. Seguro que alguna vez os ha pasado: en el vídeo doméstico (antes VHS, ahora DVD/BluRay), en determinados reproductores presionabas el botón del “Play” y la imagen aceleraba ligeramente. No llegaba a niveles de rebobinado/avanzado, pero sí que se movía a una velocidad superior a la “normal”. ¿Ejemplo captado? Pues así veréis “El Hobbit” en 3D y HFR durante el primer tercio del filme. No daréis crédito cuando, para hacer la prueba, bajéis las gafas 3D para mirar a la pantalla y comprobéis que la escena transcurre a un ritmo normal, pausado, y que al colocaros de nuevo las lentes los personajes se muevan poseídos por un chute de “anfetas”. Cine y estupefacientes, combinación letal para nuestras córneas.

Milagrosamente, una vez el argumento abandona La Comarca y arranca el viaje de Gandalf, Bilbo y los enanos, aproximadamente cuando nuestros héroes se cruzan con los trolls… por arte de magia, algo hace “click”. La cosa funciona. El cerebro se acostumbra a las nuevas velocidades, a interpretar una mayor cantidad de información en la retina y a “frenar” el ritmo al que disfrutas de la película. Os aseguro que todo cobra sentido cuando lo veis en pantalla. El resultado es una segunda mitad de “El Hobbit” absolutamente exuberante y quizá el espectáculo visual más sensacional desde “Avatar”. Los sentidos, a flor de piel. Imágenes capaces de dejarte sin aliento, apoyadas -cómo no- en una mezcla sonora contundente y que no hace prisioneros. Una traca final que hace bueno el aprendizaje previo.
Ver “El Hobbit” a 48 fps es el aprender a ir en bicicleta del celuloide: una experiencia necesariamente dura en sus inicios hasta que nuestro cuerpo, en este caso nuestra vista, adopta y asimila los nuevos mecanismos para disfrutarla. Oficialmente, las posibilidades de este nuevo formato me intrigan. Ahora, falta que más cineastas como Jackson las exploten.
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